Mostrando entradas con la etiqueta Otras épocas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otras épocas. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de abril de 2013

Correo de Imaginaria

[19/4/2003]

Entre 1978 y 1980 tuve una sección en la revista Expreso Imaginario que se llamaba "Correo de Imaginaria". Era una página con textos de ficción breves, donde Imaginaria era una región... bueno, imaginaria.

Con el tiempo (las décadas, digamos) me fui dando cuenta de que en realidad se trataba de escritos para chicos, aunque no fuera consciente de eso al escribirlos. Así, en 1999, cuando Roberto Sotelo y yo buscábamos un nombre para el website sobre literatura infantil que estábamos planeando, Imaginaria fue una opción bastante natural.

Ahora acabo de encontrar la carpeta donde guardaba los originales de aquella sección, incluyendo algunos que quedaron inéditos. Estoy pensando en digitalizarlos y ponerlos en la Web, aunque tengo problemas de tiempo y energía para hacerlo. Pero aquí va un comienzo, uno de los textos publicados en la primera entrega de Correo de Imaginaria (Expreso Imaginario N° 27, octubre de 1978):
La torre de hacer ruido

En Imaginaria hay una torre que se llama La Torre de Hacer Ruido. A ciertas horas del día los imaginarianos pueden subirse a la torre y hacer todo el ruido que se les ocurra.

Para eso la torre cuenta con muy buen equipo: bocinas, motores, platillos, máquinas enormes que no hacen nada más que un ruido descomunal. Allí los imaginarianos tienen planchas de acero, martillos, tambores, yunques, trompetas, máquinas estampadoras, sala de gritar, sirenas y pulidoras. También pueden llevar su propio equipo, si lo tienen, o sugerir nuevas ideas para hacer ruido en un libro que hay en la planta baja.

Sin embargo, no hay ninguna ciencia que estudie el ruido ni cómo mejorarlo. Por lo general, los imaginarianos están bastante conformes con el ruido que ya consiguen hacer, y no quieren saber nada con progresos técnicos o científicos que sólo servirían para aumentar sus necesidades.

Por supuesto, la torre es tan alta que desde la ciudad no se oye nada. Y nadie hace preguntas cuando un imaginariano entra con un paquete a la espalda, toma el ascensor y sube más allá de las nubes.

jueves, 11 de abril de 2013

Grabaciones

[11/4/2003]

Estaciona el Renault 6 frente al estudio de grabación de Villa Adelina, abre la puerta trasera y saca una guitarra, un charango, un xilofón, un metalofón, una flauta dulce contralto, una flauta dulce soprano, una flauta dulce sopranino, un pandero, un derbake, una aceitera de metal, un triángulo, unas castañuelas, una botella vacía, una carpeta con anotaciones, una pandereta, unas maracas, un bombo, un metrónomo, una cortina hecha con trozos de caña. Veinte años después soy yo y escribo esto.

[11/4/2013]

Treinta años después sigo siendo yo. Creo.

En el medio subí a la Mágica Web, y luego a Archive.org, toda la música que grabé en ese estudio, con Lito Vitale como técnico. Fueron dos cassettes, en aquellas épocas cuando Internet y los mp3 quedaban todavía muy lejos. Acá los links y los players para escucharlos. (En la Mágica Web hay muchos más datos, tema por tema.)

Juegos imposibles (1983) - en la Mágica Web - en Archive.org

Otros lugares (1984) - en la Mágica Web - en Archive.org

lunes, 1 de abril de 2013

De pesca

[1/4/2003]

Mi padre fabricó una caña de pescar a partir de una caña común: la cortó, le quitó algunas asperezas y le ató una tanza. Era un gran proyecto para mis ocho o nueve años, ir de pesca por primera vez en la vida. Lo que más me gustó fue la boya roja que mi padre compró en una casa de pesca, además de un par de anzuelos de distintos tamaños.

Me explicó todos los secretos de la pesca, que se podían resumir así: el pez, atraído por la carnada, va a comer y entonces se queda enganchado en el anzuelo; al tirar de la tanza alerta al pescador, que debe sacarlo del agua.

¿Carnada? Mi padre escarbó en el jardín y sacó varias lombrices, que movían la cola como si esperaran una oportunidad en la vida. Las metimos en una lata antes de que se dieran cuenta de nada.

Fuimos a la Costanera, que por entonces solía dar al Río de la Plata, los dos solos. Sacamos la caña, mi padre selló la suerte de una lombriz ensartándola en el anzuelo y lanzó anzuelo, lombriz y boya al agua. Yo estaba tan excitado que me puse a saltar alrededor de él y, sin querer, le di una patada a la lata de lombrices y la tiré al agua.

Hasta ahí llegamos con la pesca. Mi padre no dijo nada. Pero por algún motivo ni él ni yo volvimos a intentarlo. Así empieza la historia de mis culpas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Castelar

[13/3/2003]

Estoy en Castelar, esperando el 136 para volver a casa, hace treinta años. Acabo de salir de lo de mi novia, a las diez o las once de esta noche de invierno. La calle está vacía: ni autos, ni peatones. Hace frío en la parada del colectivo, así que tengo que moverme, patear el piso, apretar las manos en los bolsillos.

Hay pocas luces, tan débiles que no generan sombras. Sé por experiencia que cuando el colectivo aparezca se verá como un fuego artificial, una calesita, un OVNI apurado a tres o cuatro cuadras de distancia. De todas formas mantengo la mirada fija en ese rincón de la calle, apenas visible, de donde saldrá la bestia.

Pero no es el 136 lo que aparece. Viene un auto a toda velocidad. Sólo veo los faros, y eso durante un segundo, menos de un segundo, porque el auto pierde la dirección, da una vuelta sobre sí mismo y se estrella contra un árbol. Es un movimiento rápido, de izquierda a derecha, un rayo fulminante que se acaba mucho antes de que el ruido llegue a mí.

Estiro la cabeza hacia adelante, como para ver mejor. Ya no hay movimiento. Los faros del auto se apagaron. Tampoco hay ruido. En realidad ya no veo nada en ese lugar que queda tal vez a doscientos metros de mí. Parpadeo una vez. La calle sigue vacía. Parpadeo de nuevo. No se abre ninguna puerta, nadie sale a la calle, nadie se asoma por las ventanas ni grita ni llega corriendo ni enciende una luz para que todos podamos ver. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. La noche de invierno sigue su curso como todas las noches.

No estoy seguro de nada. Doy un paso o dos sobre el pavimento, pero tampoco desde ahí se ve lo que pasó. No viene nadie, no va nadie, no existe nadie más que yo en ese lugar, echando vapor por la boca, tal vez con un cigarrillo encendido en la mano, forzando los ojos para que miren donde no hay qué mirar.

Abandono la parada en dirección contraria al accidente. Camino hasta la esquina, y antes de doblar miro hacia atrás por encima del hombro. Sin novedad. Sigo caminando por el mundo vacío. Llego a la otra esquina, cruzo la calle y vuelvo a mirar hacia atrás. Media cuadra después hay otra parada. Me quedo allí, con la respiración agitada, esperando que el simple transcurso del tiempo cambie la historia. Hasta yo mismo llego a creer que vengo de otro lado, que si había algo para ver allá en la parada anterior yo no lo vi porque venía de otra dirección, o estaba todo el tiempo aquí.

Un minuto después aparece el circo sobre ruedas, el 136, como siempre, doblando por esa misma esquina que ahora niego haber doblado. Le hago señas. Para, subo, saco boleto. El colectivero está tranquilo, aburrido. No dice nada. Recorro el pasillo hacia al fondo. Nadie me mira. Los pocos pasajeros están sumergidos en sí mismos, pegados a las ventanillas, arropados en sus abrigos. No les ha ocurrido nada especial en los últimos minutos, ni tal vez en los últimos días, o meses, o en toda la vida.

Me siento atrás de todo. El ritmo de mis latidos se empieza a normalizar. Lentamente, con los años, me convenzo de que fue un sueño.

domingo, 3 de marzo de 2013

Traducciones bondadosas

[3/3/2003]

Nos gustaba escuchar música en inglés, pero no teníamos las letras. Era difícil conseguirlas a fines de los sesenta y principios de los setenta. Había que descifrarlas a puro oído, con el problema de que los cantantes tenían acentos más extraños que nuestras profesoras, decían cosas más raras, y en nuestro inglés había lagunas del tamaño de un océano. Así, era inevitable que las inclinaciones de cada uno influyeran en lo que decían nuestros héroes musicales.

Mi amiga era bondadosa. Sabía más inglés que yo, con lo que tenía la última palabra, y esa última palabra solía ser más benigna, más piadosa que la oficial.

Recuerdo dos ejemplos de canciones "malentendidas", que por muchos años fueron increíblemente diferentes de la versión que el resto del mundo llamaba auténtica.

Una era Mean Mr. Mustard, de los Beatles, la misma que quien traducía los títulos de las canciones para la edición local había bautizado tan creativamente "Significa Señor Mostaza". Según mi amiga, una parte decía: "His sister Pam works in a club. She never stops, she's a good girl, oh!" Me llevó diez o quince años descubrir que el resto del mundo entendía otra cosa: "she's a go-getter."

La otra canción fue Just like a woman, de Bob Dylan. Mi amiga me explicó, porque yo a él no le entendía nada, que en el estribillo cantaba: "She takes just like a woman,/ She makes love just like a woman,/ She aches just like a woman/ But she prays just like a little girl." Era conmovedor. Sólo el año pasado supe que ese mundo cruel que está allá afuera, empezando por el autor de la canción, no entiende "but she prays". Entiende "but she breaks".

lunes, 25 de febrero de 2013

La Jefatura

[25/2/2003]

El comedor era una habitación pequeña con una mesa servida para cinco en el centro. En medio de la mesa, sobre el mantel blanco, había un vaso de vidrio con dos flores artificiales. La ventana daba a un jardín, el jardín a un sendero de cemento, el sendero a una extensión de pasto verde y bien cortado, y el pasto a la alambrada. Más allá de la alambrada estaba ese mundo irreal en que la gente era libre.

La habitación recibía el pomposo nombre de casino de oficiales.

La puerta se abría a un pasillo, y justo enfrente había otro cuarto. Ahí pasaba yo largas horas luchando con la primera novela que leí en inglés, We can build you, de Philip K. Dick. La novela venía después de encerar los pisos de la Jefatura de esa minúscula, ignorada, inútil unidad militar. Ponía litros de cera, y la distribuía por medio de una enceradora que también esperaba la baja. Con ese olor daba lo mismo que las flores del casino no fueran de verdad.

Yo era uno de los seis soldados asignados a la Jefatura del lugar. Otro era un muchacho alto, rubio, con mucha calle y experiencia de mozo en lugares finos, al que el Jefe había rescatado para su servicio porque lo hacía quedar bien con los otros oficiales y algún invitado esporádico.

Se llamaba Víctor, o tal vez Jorge, no estoy seguro. Había traído su propia ropa de mozo, saco y camisa blancos, pantalón y moño negros, y se la ponía exclusivamente para el almuerzo. Llegaba la comida de la cocina, llegaban de a poco los cinco oficiales, y allí estaba Víctor o Jorge para dar jerarquía a la ocasión. Sabía plegar las servilletas de una manera especial, como un origami de tela. Sabía colocar los cubiertos a la manera de un restaurante de lujo. Sabía acomodar en los platos la comida militar para que pareciera comida civil. Y sabía pelar parcialmente las naranjas, cortando la cáscara en gajos o pétalos que luego curvaba sobre sí mismos y enganchaba en la base, con lo que se formaba una especie de flor que a los oficiales les encantaba.

También, y sobre todas las cosas, era el encargado de escupirles el café.

Es que estábamos condenados a las venganzas pequeñas, y, peor todavía, a sólo fantasearlas. Imaginar venganzas era un ejercicio más importante que el orden cerrado de las mañanas y el orden cerrado de las tardes, casi tan importante como el de pasar inadvertidos. Había que ser creativos, discretos, audaces, y luego saber disfrutar de cada idea aunque nadie, nunca, jamás la hubiera llevado a cabo.

Por eso tengo tan presente a Víctor o Jorge, y la ropa de mozo, y los rituales del almuerzo, por esa solitaria venganza exitosa: el café espumoso que nos aliviaba, nos redimía, nos devolvía algo de humanidad. El mejor momento del día.

martes, 19 de febrero de 2013

Tapar con música

[19/2/2003]

Cuando me viene a la cabeza un recuerdo vergonzante lo tapo con música. De pronto me acuerdo de algo que hice o dije o pensé, generalmente muchos años atrás, de lo que me avergüenzo tanto que me resulta insoportable. Entonces aparece el DJ que tengo escondido y pone en mi interior música bien fuerte, bajo y batería, o mejor dicho percusión electrónica: algo intenso, monótono, a un volumen imaginario que impide por completo seguir pensando. La molestia se hace tan grande que a los pocos segundos me olvido de todo y ya estoy pensando en otra cosa.

sábado, 16 de febrero de 2013

Ventilador

[16/2/2003]

Señas particulares: cicatriz en la sien izquierda, tres centímetros de largo, a dos centímetros del ojo, resultante de la herida provocada por un ventilador de techo, en un vagón de ferrocarril.

Tenía diecisiete años. Volvíamos de un campamento en el Parque Nacional Los Alerces. Después de unas cincuenta horas de tren llegábamos a Buenos Aires cansados y felices, pero más que nada sucios. Me trepé a un asiento para bajar la mochila del portaequipaje. Algo como una mariposa traída por el viento me tocó la sien. Aparté un poco la cabeza, terminé de sacar la mochila y la puse sobre el asiento. Entonces noté que algo me bajaba por el costado de la cara: sudor, seguramente. Me lo saqué con la mano y apareció roja.

No sé qué habré dicho, o tal vez gritado. Recuerdo poco, excepto una especie de foto fija en que estoy en otro asiento, en el fondo del vagón, y a mi alrededor hay un grupo de gente: tanta que se ve todo oscuro. Hablan, me hacen cosas en la cabeza, me preguntan cómo estoy. No sé cómo estoy. Alguien, creo que un estudiante de medicina, me limpia, detiene la hemorragia y me pone una venda que termina abarcando toda la cabeza.

A mis diecisiete años todavía me esperaban mis padres en Constitución. Se dieron un susto que nunca terminaron de describirme. Me llevaron a una sala de auxilios, o la guardia de un hospital, donde me cosieron la herida. Esta parte es más difusa que la anterior, como si ya no tuviera importancia. La herida cicatrizó. Todavía se ve.

No fue tanto el daño que sufrí en ese momento como el que vino después, el que todavía sufro a veces, cuando sin proponérmelo vuelvo a pensar en la escena y me veo acercando el ojo izquierdo, lentamente, silbando alguna canción de los Beatles, a un ventilador invisible.

viernes, 15 de febrero de 2013

Libros

[15/2/2003]

Hilera tras hilera de lomos de libros, con distintos colores, intensidades de uso, alturas, anchos, pesos. Años de lectura, décadas de vida. Están ahí, algunos frente a mí, otros tras una puerta del placard, otros más dando un espectáculo parecido en la casa de mis padres. El paisaje en conjunto significa tan poco. Hay que acercarse, olvidar el bosque y mirar árbol por árbol (o, en este caso, resto de árbol) para encontrar viejas complicidades, diversiones, aburrimientos, hallazgos, fracasos, desconciertos, iluminaciones, fastidios. Y también, lomo por medio al menos, la pregunta fatal: ¿en qué rincón de la memoria tendré algún rastro de haber leído eso?

jueves, 14 de febrero de 2013

Pasillo de hotel


[14/2/2003]

Un pasillo de hotel. Como el de los Coen en Barton Fink, o el de Kubrick en El resplandor. Decadente, tenebroso.

O como el de un dibujo animado, plano y colorido, donde los personajes se persiguen entrando y saliendo de las habitaciones, se cruzan, se pierden, se duplican, se triplican, cierran puertas para luego atravesarlas, gritan, bailan, nos divierten.

O como el de Iguazú, una noche de 1997, cuando saqué a un Gabriel de año y medio a pasear en el cochecito para que se durmiera. Allá íbamos, yo empujando y él farfullando palabras, de ida, de vuelta, de ida otra vez, por esa larguísima alfombra, tangentes a los universos de las otras habitaciones, durante media hora, cuarenta minutos, a la espera de que mi hijo encontrara todo tan aburrido que no tuviera nada mejor que cerrar los ojos y dormirse.

domingo, 10 de febrero de 2013

Lunes

[10/2/2003]


[10/2/2013]

La foto es de mucho antes, de principios de los ochenta, cuando sacaba fotos en blanco y negro y las revelaba yo mismo en casa. El auto es el Renault 12 modelo 78, azul, de mi padre. El lugar, frente a la casa de Cecilia Gauna, con quien por entonces hacíamos canciones y alguna vez las tocábamos en público. Acá va la imagen escaneada de donde saqué la de arriba. (Click para verla más grande.)


sábado, 9 de febrero de 2013

Almendras y avellanas

[9/2/2003]

Cuando era chico creía que las avellanas eran las redondas, y las almendras las alargadas. La confusión duró mucho tiempo. Aún hoy, cuando miro almendras, tengo que pensarlo dos veces para no decir avellanas.

También de chico recibí en clase de inglés una lista de pares de palabras opuestas. Entre ellas, black y white. Sabía que eran negro y blanco, pero no en qué orden. Por similitud, deduje que black debía ser blanco (las dos empiezan con "bla"). Me enteré del error al día siguiente, pero tardé años en terminar de creerlo.

Las cosas no deberían venir en pares. El cerebro es demasiado complejo para ocuparse con eficiencia de algo así.

viernes, 1 de febrero de 2013

Permiso

[1/2/2003]

Cuando era chico no me dejaban rascar las picaduras de mosquitos. Recién ahora, tras muchos años de vida adulta, se me ocurre que puedo violar la prohibición y disfrutar de una buena vez ese gigantesco placer.

[1/2/2013]

(Sin saber que venía este post de la Mágica Web, hace unos días escribí lo que sigue.)

Desde el domingo tengo una picadura de mosquito en la parte inferior de la palma de la mano izquierda, en esa zona donde arranca la serie de huesos que acaba formando el pulgar. Me pica. Me rasco.

Cuando era chico, mi vieja me tenía prohibido rascarme las picaduras. Si me rascaba me iba a lastimar. Era peor rascarse.

Un día, en la pileta del club Don Bosco, estaba con dos compañeros de la escuela, Marcelo y D'Aquino (eran pocos los que tenían el honor de ser conocidos por sus nombres de pila). D'Aquino estaba cubierto de picaduras de mosquito convertidas en manchas lastimadas. Se rascaba.

—¿A vos te dejan rascarte las picaduras? —pregunté.

D'Aquino me miró sin entender. ¿Cómo? ¿Que tengan que dejarte que te rasques, o no dejarte? ¿A quién se le ocurre no dejarte que te rasques?

Era una buena oportunidad para empezar a darme cuenta de que las limitaciones impuestas por mi vieja no eran necesariamente lógicas o sanas. Pero no, me quedé pensando que a D'Aquino no lo cuidaban bien, o que en el mundo había gente verdaderamente extraña.

Pobre D'Aquino, él y sus picaduras rascadas. Yo me rascaba alrededor de las picaduras, cerca pero no justo en el lugar, para no lastimarme. Todavía lo hago, a veces, hasta que me doy cuenta.

Esta picadura que tengo desde el domingo me la rasco. Molesta en ese lugar. Tengo otra en el dorso de la mano derecha, en la base del dedo mayor, pero esa no pica, o pica poco. Sospecho que la del pulgar (o esa zona que ya es pulgar si uno piensa en el esqueleto, pero no tanto mirándose la mano), que la del pulgar jode más porque está mucho tiempo sobre la fuente de calor de la notebook, y el calor empeora estas cosas (más que rascarse, tal vez).

(Sí, escribo muchas cosas sueltas, pero ahora no las publico en un blog como hacía en los comienzos de la Mágica Web. Bueno, publico alguna, como esta vez, pero nada sistemático ni predeterminado, solo cuando me vienen ganas.)

Explosión

[1/2/2003]

Hasta hace dos años vivíamos a media cuadra de Aráoz y Santa Fe, en el barrio de Palermo. Resulta que ayer hubo una explosión en la estación de servicio de la esquina. La misma a la que tantas veces fui para comprar leche o papel higiénico en horas absurdas, pasando por la clínica deshabitada donde ahora hay un estacionamiento. Y pasando también frente a esa galería donde el portero había sido un vecino de mi propio edificio al que le habían rematado el departamento por deber siglos de expensas. Ocho heridos, ningún muerto, ambulancias eficientes, gente en estado de pánico, Shell prometiendo explicaciones.

La crónica de Clarín me puso los pelos de punta. Habla de la panadería de al lado, la que está pintada de rosa, donde a veces iba a comprar unas pizzas chicas muy ricas y baratas, mientras que las medialunas no eran tan buenas: una empleada se tiró bajo el mostrador por creer que estaban bombardeando; una clienta desparramó sus facturas y se echó a correr. También habla de la juguetería, que está enfrente de la estación, cruzando Aráoz: se quedaron sin vidrios, justo ahí donde me entretenía mirando las bonitas cajas de rompecabezas de cinco mil piezas, donde Gabriel aprendía a caminar gracias a que un metro más allá se veía un juguete más prometedor, y luego otro y otro. Menciona un local de alquiler de videos: es el pequeño Blockbuster de al lado de la juguetería; pero esos que se frían.

Recuerdos y destrucción al mismo tiempo. Qué paradoja con efecto profundo para esta mañana lluviosa de sábado.

lunes, 28 de enero de 2013

Problemas

[28/1/2003]

"La mayor parte de mis problemas no existe. Si soy capaz de contar dos o tres, y creo que hay tres o cuatro más, que de momento no recuerdo, entonces redondeo y digo: tengo cuarenta o cincuenta problemas pendientes."

(Escribí lo anterior hace ya un cuarto de siglo, en una novela que sigue inédita. Y todavía es cierto, aunque me empecino en creer que no.)

[28/1/2013]

(Y la novela sigue inédita. Y eso que dice sigue siendo cierto.)

domingo, 20 de enero de 2013

Adolescencia

[20/1/2003]

A veces tengo ganas de contar por escrito mi adolescencia. No sé si podré, o cuándo: todavía me da vergüenza. Eso sí, debería hacerlo antes de olvidarla por completo, o de recordarla demasiado bien.

[20/1/2013]

Sigo igual.

viernes, 18 de enero de 2013

Afeitadas

[18/1/2003]

Quienquiera que haya inventado la máquina de afeitar de doble filo es un genio. Si el doble filo realmente afeita mejor, se trata de un hallazgo sorprendente. Y si no, entonces es uno de los mayores logros de la historia del marketing.

*

Cuando apareció la espuma de afeitar en aerosol, que con el tiempo iba a destronar para siempre la combinación de brocha y bacía, hubo una propaganda inmensamente efectiva. Alguien usaba la espuma mientras, con enorme felicidad, explicaba a los televidentes: "Yo también creía que lo que ablanda la barba es la brocha. Y resulta que es la espuma." Con énfasis en las últimas palabras. El truco fue transmitir, a todos los ignorantes y estúpidos que atribuíamos a la brocha propiedades inexistentes, que estábamos irremediablemente equivocados, pero a la vez que no éramos los únicos, y que aún teníamos posibilidad de redimirnos.

Sigo sin saber qué ablanda la barba. Pero es imposible afeitarse sin brocha o sin espuma. Eso sí: primero hay que mojarse la cara con agua caliente, y la barba está mucho más blanda después de ducharse. De todos modos no importa si aquella propaganda simplificaba las cosas, o era un engaño. Nos convenció a todos.

(Mi padre tardó en adaptarse a los tiempos. Seguía con su brocha y su bacía, hasta que estuvieron perdidas durante días tras su última mudanza, hace un año y medio. Como ya nadie vende brochas y bacías (y casi nadie sabe qué es una bacía), tuvo que comprar espuma en aerosol. No sé si luego encontró los objetos extraviados. Supongo que sí, pero ya no importa, porque mi padre jamás volvería a usarlos por propia voluntad.)

*

Afeitarse no es algo tan irracional y dependiente de la moda como puede parecer a primera vista. Es un homenaje a las grandes regiones del cerebro del prójimo que están dedicadas al reconocimiento de caras.

[18/1/2013]

Por supuesto, ahora uso máquinas de afeitar de triple filo. Todavía me resisto a aceptar que las de cuádruple filo tengan algún sentido.

martes, 15 de enero de 2013

Josefa

[15/1/2003]

El 15 de enero era el cumpleaños de mi abuela materna. Nació en 1900: siempre fue fácil saber su edad. Murió en 1993. La recuerdo muy bien de cuando yo era chico: me iba midiendo en los botones de su blusa, cuesta arriba, a medida que crecía. Luego ella se iba midiendo en los botones de mi camisa, cuesta abajo. Vivimos varios años en su casa, también con mi abuelo materno que era un año más joven. Algún día tendré que escribir su historia, con la ayuda por supuesto tendenciosa de mi madre y alguna intervención de mi padre, y ya que estamos la historia de todos ellos, los que vinieron de España por parte de padre y por parte de madre. Será un buen emprendimiento. Habrá que voltear algunos tabúes. Habrá que escarbar mucho y encontrar un estilo. Ya veremos. Por ahora sólo quería recordar un poco a mi abuela, antes de seguir caminando en el desierto.

miércoles, 24 de octubre de 2012

"Sean-Nós Nua"

[24/10/2002]

Hay un disco nuevo de Sinéad O'Connor, "Sean-Nós Nua", con canciones tradicionales irlandesas. Recuerdo como si fuera hoy lo conmovedores que eran "The lion and the cobra" y "I do not want what I haven't got" cuando salieron, hace ya 14 y 12 años, respectivamente. (El segundo link, que supuestamente lleva al sitio oficial, hoy no anda.)

[24/10/2012]

Actualizando: hace ya 24 y 22 años, respectivamente...

Link para sustituir el que no anda.

lunes, 2 de julio de 2012

Elevador de tensión

[2/7/2012]

En la última hora ocurrió dos veces que bajó la intensidad de la luz. Me acordé de la época en que era lo usual, allá por la década del sesenta, cuando estábamos acostumbrados a que las lamparitas más poderosas languidecieran con un brillo apenas perceptible debido al mal servicio.

Más todavía, me acordé del elevador de tensión. Era una caja gris, de unos treinta centímetros de ancho, veinte de alto y veinte de profundidad, con una perilla que tenía doce posiciones numeradas, y un vúmetro. Cuando las lamparitas empezaban a dar señales de depresión, uno de mis padres decía:

—Hay que poner el elevador.

Y allá iba yo, el niño de la casa, encargado de la tarea importante, corriendo a pasar la perilla del uno al dos. A veces incluso al tres.

Cuando llegamos a tener tele el síntoma disparador cambió: la imagen de la pantalla perdía altura, se convertía en una banda horizontal, más delgada cuanto más baja estuviera la tensión. Había que ir bien rápido entonces a regular la perilla.

El fenómeno inverso, cuando la tensión subía, era terrible. El elevador tenía una alarma, una chicharra fuertísima que ponía los pelos de punta y obligaba al emisario (o sea, yo) a redoblar la velocidad.

Me acuerdo de haber pasado ratos mirando el elevador, fantaseando con esa situación límite en que hubiera que poner la perilla en el doce.

No sé qué fue de ese aparato, tendré que preguntar. Me parece que cayó en desuso durante los setenta, cuando los problemas a resolver se hicieron más graves y no sólo para mí. Otras clases de problemas, en que la perilla llegó al doce con frecuencia.